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A las 19:00 en el McDonnald

Te compraste una cueva en los confines del mundo. Pintaste árboles donde sólo había yeso. Aprendiste a escuchar el crujir de los ratones que roen hacia el Infierno.

Y me esperaste siempre, en el parque donde lo esperas todo.

Nunca antes te escribí porque todo estaba dicho

Y te veo sentado, buscando la silueta perfecta de la ciudad perfecta… Una línea rota y húmeda, de esas que a ti te gustan. De esas que te convierten en la persona más divertida del mundo justo antes del declive.

Justo antes del momento, en el que me coges de la mano y, sin mediar palabra, me bajas de la nube.

Sergio García Domínguez

Nunca antes te escribí porque todo estaba dicho.

Te compraste una cueva en los confines del mundo y yo alquilé, por horas, un nicho. Pero no puedo dejarte. Cuando el dolor me atenaza y tu paranoia se expande. Cuando tu anciano colapsa, y mi niña se queja… Me lleno de paz al pensarte. Y cuando te veo, sentado en tu parque, me invade la calma. Porque sé que todo irá bien. Porque sé que tú eres mi casa.

A Sergio y sus 24 años de resistencia

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No voy a ninguna parte

Ni siquiera eliges levantarte.

No eliges el hambre. No eliges las deudas, ni los trabajos en negro, ni el estertor que amenaza de noche con no dejar que te levantes.

Pero lo haces. Siempre lo haces. Y por no escuchar sus rugidos, y no soportar su hedor a privilegio y recién nacido, finges no existir, y eso es lo único que eliges.

Tras esa celosía, linde que separa lo mortal de lo invisible, ellos pagan a la muerte para que se retrase. Y aunque tú no puedes pagarle, como no puede verte no podrá matarte.

Ya ni morir eliges.

Me quedo

Tranquila, Ella también lo sabe. Y aunque no pueda verte, no piensa parar. Nunca lo hace.

No temas – dijo, de luto, a tientas por la calle. –Si no vuelvo para despedirme, eso sólo significa que no me voy a ninguna parte.

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